Mi Vida de Pobre, de Alan Saldaña (2017)

Temas: Saqueos, gasolinazos, créditos, tatuajes, Stand Up, restaurantes, tacos, KFC, Cincuenta Sombras de Grey, Viva Aerobus, Starbucks, Volaris, equipos de emergencia.
Disponible: Netflix.
¿Qué significa para mí este especial?
Cuando estaba comenzando a hacer Stand Up, un compañero me recomendó que viera la rutina del Scooby Doo Papá de Alan Saldaña, porque algo estaba intentando hacer, si mal no recuerdo, en una rutina con unas canciones. En ese entonces, mediados del 2019, no conocía a muchos comediantes mexicanos (para fines prácticos, si no han salido en este, su blog de Stand Up favorito, asumamos que no los conocía). La rutina me pareció bastante graciosa, y fue que seguí investigando en YouTube para encontrar más contenido de este comediante. Resulta que el mentado Alan, norteño (por si el acento no lo delataba) de origen, ya tenía un especial en Netflix en su haber, algo impresionante, tomando en cuenta que los especiales en dicha plataforma estaban acaparados por comediantes de la capital de nuestro país.
De origen humilde, iniciando su carrera en la comedia en las calles de su ciudad, y apariencia tímida, reservada, Saldaña se agranda en el escenario, prácticamente a la par del contador de risas durante su show: ya sean por la rutina, o por sus comentarios, o por las improvisaciones, el público no se detiene de reír durante este especial. No importa si son críticas, anécdotas, o meramente pensamientos que ha tenido, él sabe cómo contarlas de tal manera que nosotros, los que presenciamos su show, lo disfrutemos al máximo. ¿No me creen? Preparen sus cartas, que el As de la Comedia ya va a salir.
El Especial
Mi Vida de Pobre empieza mostrándonos a Alan Saldaña despertando y preparándose para salir, a manera de evocar sus inicios, su recorrido por las calles, sus presentaciones en bares, hasta finalmente llegar al especial. Es recibido con aplausos y vítores al llegar al escenario. Comienza hablando de los saqueos, algo que constantemente sale en los noticieros nacionales, sobre todo cuando hay algún desastre natural, o algún revuelo. Aparentemente, nadie en el público ha participado en uno, pero Alan no tiene empacho en decir que él fue a uno, “a ver qué me sacaba”. Pudo ver gran variedad de gente saliendo con diversos objetos. A alguna la intentó recriminar en nombre de la patria, pero, ¡oh sorpresa, era extranjera! Otra de las constantes mexicanas son los gasolinazos, esas subidas constantes el combustible que conlleva un aumento generalizado en otros productos. Sin embargo, en ese momento, Saldaña no lo resintió porque estaba en Estados Unidos, participando en un casting. ¿Estaba ilusionado de obtener el papel? Para nada, ¡él quería ligarse a una gringa! Y no se refiere a esas rubias del país del norte que parecen modelos de revista; a él le gustan las gorditas, y seguramente ahí pudo encontrar a varias así. Total, Alan Saldaña sabe que no es guapo, así que, ¿para qué ponerse pesado? Desgraciadamente para él, su romance en esa ocasión no prosperó; digamos que pecó de “honesto” en cuanto a sus intenciones.
Continuando con el especial, nos cuenta de la vez que se compró una pantalla moderna, de las curvas, no esas chiquitas que nadie puede ver. Pensarán que es por todo el dinero que ya amasó con sus presentaciones, ¡ja! Para nada, fue por los del banco que le otorgaron un crédito, y como buen mexicano, apenas tuvo el plástico, ¡se lo tenía que gastar! Fue a la plaza, totalmente entrado en modalidad de rico, o sea, completamente pedante con los empleados. Compró la televisión, y mientras estuvo en la plaza, su actitud se mantuvo. Ya fuera, al darse cuenta que no tenía efectivo, su actitud cambió drásticamente. Al llegar a casa, continuaron los problemas: su esposa se molestó al ver semejante aparato, pero apenas estaba empezando a reclamar, Alan ya sabía como lograr calmarla, con esa compra de sorpresa que hizo mientras estaba en el supermercado. Parecía que todo iba bien, hasta que llegó el momento de pagar la tele. ¿De dónde iba a sacar el dinero, si no lo tenía? Si alguna vez has estado endeudado con un banco, sabrás que las llamadas son continuas, todos los días, prácticamente a cualquier hora. Pero eso no es problema para Saldaña, que planeó una manera de darles “una cucharada de su propio chocolate” cada vez que le marcaban, en un momento en que, sin hablar mucho, y con un mínimo de movimientos, logra arrancar varias risas del público.
Pero ya, poniéndose serios, ¿qué iba a hacer con la deuda? Hasta llegó a contemplar el suicidio. Pero él no se iba a ir como cualquier; no, señor; si lo hubiera hecho, ¡Saldaña ya tenía preparada una gran frase para enfrentarse a la muerte! Lástima que la chaira de su vecina seguramente hubiera arruinado el momento. Afortunadamente, libró este mal paso, y se propuso a vivir la vida al máximo. ¿Cómo se hace eso? Con un tatuaje, obviamente. Y normalmente, la gente se tatúa algo que signifique mucho para ellos. En el caso de Alan Saldaña, fue el nombre de sus hijos. ¿Qué tan verídicos son los nombres que les puso? Ustedes decidan, pero de verdad, ¡ojalá que sólo sea una rutina! Cambiando abruptamente de tema, ahora nos cuenta la ocasión que estaba en la piscina de su casa, con su tanga, ¡y su mamá vio su tatuaje! Podrás ser muy adulto, pero cuando tu mamá te va a regañar, te vuelves niño de nuevo. El reto para su madre, por lo molesta que estaba era acordarse de su nombre, porque es algo que le pasa a los padres, como comenta Alan: se enojan tanto, ¡que se les confunden los nombres! Y ya nada más empiezan a lanzar insultos, a ver quién sale. Lo malo es que, si lo hacen con mucha frecuencia, y tienes varios hijos, ¡puede acabar en una divertida confusión!
Saldaña se siente agradecido con el trabajo que tiene, cómico de Stand Up, que le ha permitido viajar, conocer nuevos lugares, nuevas personas. Pero ha tenido que sacrificar a su familia, no poder estar con ellos en fechas importantes, o de plano, no estar ahí para convivir, por las giras que tiene. Otra de las desventajas que sufre Alan Saldaña es que tiene que comer en restaurantes… Lujosos. Suena ilógico, pero piensen un momento: si toda tu vida comiste en restaurantes más, digamos “populares”, no te sientes a gusto cuando vas a lugares más caros. Lo que más le desagrada es la excesiva atención de los meseros, que en todo momento están ahí, preguntándote si quieres algo. Alan prefiere comidas más sencillas, como unos tacos en Monterrey que le sirven para “bajar la fiesta”, porque el taquero nada más no se detiene con la salsa (por eso es mejor que te sirvan el taco solo, y tú ya decides cuánta salsa ponerle, ¿no?). Dichos tacos le ayudan bastante, ya sea cuando está manejando, lo detiene la patrulla y su mujer lo “tranquiliza”; o cuando se pone a “cantar”; o ya de plano, cuando se encuentra a sus “parientes” en las taquerías. Eso sí, se pregunta Saldaña, ¿por qué las taquerías no pueden conseguir buenos limones?
Siguiendo con las comidas, ahora procede a enumerar las diferentes razones por las que no le gustan diferentes restaurantes y/o tipos de comida: Subway, porque quieren saber “la talla de tu zapato”; comida china, porque, ¡ah, cómo te sirven arroz! (al menos, el arroz seguramente es “arroz”, en cambio, la carne… Al menos, sospechemos); Kentucky Fried Chicken, porque no se le entiende a la bocina del autoservicio. De este último, Alan Saldaña lo sufre porque, además de que tienes que “adivinar” lo que te dicen, y rezar porque tu orden esté bien, cuando llega frente al empleado, ¡le sueltan una letanía que lo marea! Al final, lo único que quieres es pagarles e irte, no importa que te hayan cobrado de más. Cambiando radicalmente de tema, a Alan le molesta el éxito que ha tenido la película de Cincuenta Sombras de Grey (sí, la película, porque el libro prácticamente nadie lo leyó, ¿a poco no?), porque hace que su mujer le pida cosas extrañas: que la golpee, o que le pase un hielo por todo el cuerpo. A título persona, no he visto la película, pero, ¡qué incómodo ha de ser! Y Saldaña lo confirma, y para comprobarlo, algo bien sencillo: la broma de tirarte un hielo en la espalda, por la camisa o la playera, ¿a quién se lo han hecho, qué diga “¡qué sensual me siento!”.
Cuando recibió una invitación para grabar en la CDMX, por ahorrarse un dinero, Alan Saldaña decide viajar en Viva Aerobus, cosa que no recomienda (¿quién es capaz de recomendar Viva Aerobus?). Al llegar tan temprano al aeropuerto, para evitar dormirse, decide comprarse un café. Pero como ya ha comentado, él es un hombre sencillo: con café de tienda de autoservicio sería suficiente. Pero está en el aeropuerto, y el único lugar disponible es Starbucks. De entrada, se sorprendió al ver la cantidad de gente; pensó que iba a estar barato. Pero los problemas empezaron al llegar a la caja, cuando le dijeron el precio. Luego, algo que a todos nos pasó en algún momento de la vida, ¡los tamaños de los vasos! Fue toda una odisea para Alan, ¡ah, pero le pidieron su nombre para escribirlo en el vaso! Él dio una opción para que aprendiera la lección de no estar comprando cafés tan caros y tan complicados. Pensarán que en ese momento ya se terminó su tortura, y hasta cariño le estaba agarrando al vaso y al café, pero, ¿qué creen? Lo peor fue cuando llegó a la sala de abordar, ¡y no le querían dejar pasar su café! A final de cuentas, lo logra, aunque aquí no lo explica a detalle (si quieren saber más de esta historia, busquen esta rutina en el canal de YouTube de Comedy Central. De nada).
Para terminar, Saldaña nos relata su última aventura en el aire. Ya no con Viva Aerobus, porque hubiera sido mucho, ¿no? Así que esta vez se fue en Volaris, pensando que le daría más cache. Pero entre la comunicación de las azafatas, y los protocolos de seguridad, Alan Saldaña no entendía nada. ¿Por qué no puede subir su molcajete? Él lo hace para que puedan viajar más tranquilos. Luego, vienen los insufribles detectores de metal, con todo lo que hay que quitarse, o avisar que se tiene (sobre todo en personas mayores). El colmo fue al sentarse, porque resulta que a Alan le tocó un asiento donde estaban las salidas de emergencia, lo cual le dio miedo al principio, pero luego hizo que se pusiera a analizar todos los equipos de emergencia en el avión, y cuestionó su utilidad en un momento de verdadera emergencia. Entiende la falta de paracaídas, pero, ¿para qué el salvavidas? O sea, te salvas de la caída, ¿y te vas a salvar de estar cuánto tiempo en el mar? Las mascarillas de oxígeno, Saldaña piensa que son muy útiles… Para gritar por más tiempo. Eso sí, no todo fue negativo: lo sorprendió el baño que había en el avión. El lavabo que ahorra agua, y el inodoro tan moderno. Será muy ecológico e higiénico para nosotros, pero, ¿pensarán lo mismo las aves que estén cerca?
¿Qué pasó después?
Después del lanzamiento de Mi Vida de Pobre, Alan Saldaña apareció en varias ocasiones en Comedy Central haciendo Stand Up con diferentes rutinas (incluyendo la del Starbucks que les comenté en la reseña), y participó en un Duelo de Comediantes con Ricardo O’Farrill y Marcela Lecuona, donde Ricardo salió el vencedor. En su canal de YouTube, subía ocasionalmente videos breves de sus presentaciones, con las rutinas nuevas que iba trabajando. Así se mantuvo, hasta… La pandemia.
A raíz de este encierro que (todavía) estamos atravesando, Alan aumentó la cantidad y la frecuencia de su contenido, con la calidad y el toque inconfundible de Alan: diferentes rutinas que tenía resguardadas, opiniones sobre diversos temas, algunos programas, como El Confesionario y En vivo con Alan Saldaña, sketches, y hasta presentaciones virtuales. Fue hasta mediados del 2021 que pudimos tener un nuevo especial de Saldaña, titulado Encarcelado, que ya lo analizaremos más adelante. Mientras tanto, sigamos disfrutando del Stand Up y de la vida, que seguramente ya no tiene nada de pobre, de Alan Saldaña.
Frases Memorables de Mi Vida de Pobre (en orden cronológico)
1.- Porque a mí me gustan las gorditas. En tiempo de frío, ¿cuál frío? “Vieja, pásame una chichi”, te tapas y listo.
2.- ¿No te ha pasado que mamá nunca sabe tu nombre? ¿Qué te habla, “ey tú… ¡Pendejo, ven!”? Nada más dice “pendejo”, y salimos todos los hermanos.
3.- A mí nunca me había parado un tránsito, ¡nunca! Será porque no tenía carro, también yo.
4.- (En Starbucks) “Es lo que vale el café, oiga, sesenta y cinco pesos”. Le dije, “¿y sí le estás ganando? ¿Sí te queda, sí es negocio?”.
5.- Si acuatiza el avión, hay chalecos salvavidas; o sea, tienes una oportunidad de que te salvas. Ya que te coma un pinche tiburón, ¡es que estás bien salado tú!
